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OJOS GRANDES

Big_Eyes-906876044-largeBig Eyes es el título de la última película de Tim Burton, titulada así en homenaje a los enormes ojos de las figuras (normalmente niñas) que pinta la protagonista: Margaret Keane. La película, basada en hechos reales, cuenta la historia de un fraude en el mundo artístico de los años 50-60 en Estados Unidos: el de un hombre que se apropia de la autoría de los cuadros que pinta su mujer, y que, gracias a la ayuda de los medios de comunicación y una buena estrategia de marketing consigue convertirse en uno de los fenómenos culturales del momento. La críticas a la película son irregulares y algunas nada favorables, exceptuando los elogios a sendas interpretaciones del matrimonio por Amy Adams y Christoph Waltz. La mayoría de ellas inciden en la forma superficial y hasta”pastelosa” de presentar una historia fascinante, tanto por su contenido, como por el carácter de los dos protagonistas, y el contexto en el que se encuadra la historia.

Margaret D. H. Keane nació en 1927 en Tenesse. La película comienza cuando ella abandona a su primer marido, para huir a San Francisco con su hija Jane y un retrato de ésta con unos ojos enormes. Allí trata de ganarse la vida con su arte y así conoce a Walter Keane: un vendedor inmobiliario y artista frustrado que trata de vender sin éxito sus escenas parisinas al estilo de Monet, en un periodo en el que está en auge el arte abstracto. Margaret queda fascinada por la labia de Walter y las aventuras que cuenta y ambos se casan precipitadamente cuando Margaret recibe la amenaza de su anterior marido de perder la custodia de su hija -por tratar de criarla sola y, por tanto, fuera de la moral y de lo que es adecuado. Cuando Walter es consciente de que los cuadros de su mujer son más demandados, pues causan mucha sensación entre las damas de la alta sociedad (para horror de críticos de arte y galeristas), cierra su negocio inmobiliario y se dedica a vender los dibujos y grabados de Margaret, primero en una galería propia y más tarde de forma masiva en grandes almacenes, libros de cómic y revistas.

Amy Adams as Margaret Keane  Copyright Weinstein Company 2014

Walter Keane no sabía pintar pero se publicitaba como el pintor de los cuadros y se convierte, gracias a la obra de Margaret, a quien tenía prácticamente recluida trabajando durante largas horas al día, en uno de las artistas más populares de la década de 1960. La pareja apareció en la revista Life y Margaret realizó retratos de Zsa Zsa Gabor, Kim Novak, Adlai Stevenson, Natalie Wood, Robert Wagner, Joan Crawford y Liberace. También enviaron retratos a la Casa Blanca de John Jr. y Caroline Kennedy. Mientras Walter hacía de relaciones públicas y se pavoneaba de un trabajo que ni siquieran había intentado comprender, Margaret vivía encerrada como una prisionera y sus pinturas eran cada vez más tristes como reflejo de sus emociones. La timidez patológica de Margaret y las amenazas de Walter -también su carácter agresivo en ocasiones, aunque esto no se vea sino al final de la película- parece ser lo que llevó a Margaret a participar de esta mentira durante 12 años.

Copyright Margaret KeaneEn 1965 Margaret se divorció de Walter y ambos iniciaron una larga contienda por  los derechos sobre los cuadros, que terminó en un juicio que duró tres semanas y que evidentemente ganó Margaret, cuando el juez los obliga a pintar en directo una obra con su característico estilo de ojos grandes. Mientras Walter Keane no fue capaz de levantar un pincel aduciendo que le dolía el hombro, Margaret terminó un retraro en 53 minutos. El jurado condenó a Walter a pagarle 4 millones de dólares por daños emocionales y menoscabo a su reputación. La película termina con este rocambolesco juicio.

A mí la película me gustó, no solo por las interpretaciones, sino porque con mayor o menos fortuna, hace justicia a la figura de Margaret, y aunque sea de forma descafeinada, denuncia un problema que no es único en la historia del arte o la literatura: insignes hombres que eclipsan o se apropian del trabajo de sus mujeres cuando colaboran juntos, bien porque ellos mismos se encargan de destacar su labor por encima de la de ellas, o hasta la niegan (como el caso del dramaturgo Martínez Sierra, de quien se sabe que la principal autora de sus obras era su ex-mujer, la escritora María Lejárraga, cosa que a pesar de estar demostrada en España se sigue ignorando o negando ) o bien porque la crítica, los medios de comunicación o el público ignoran a una de las partes, otorgando los laureres del mérito y la fama solo a él (tal es el caso de Christo, el artista que -junto a su mujer, aunque de ella apenas se hablara- envolvió edificios emblemáticos como el Parlamento de Berlín).

Coincido con críticas como esta de A. O. Scott: The New York Times  de que “tratando de hacer justicia a Margaret, el Sr. Burton no puede impedir que él mismo (y el Sr. Waltz) la eclipsen”, y en parte también con esta de que “en lugar de ser una provocación cómica y dramática, ‘Big Eyes’ establece un conjunto de emociones perdidas en un mundo de colores primarios con tonos pastel. (Michael Phillips: Chicago Tribune). Es verdad que la película se queda corta en profundizar en la historia entre la pareja y en tratar de indagar en los complejos y complicados porqués de que una mujer, que demuestra ser valiente al principio de la película pues “abandona a su agobiante marido en una época en que pocas mujeres se atrevían a hacerlo” y viaja sola, con su hija y sin más recursos que algunos cuadros y su pasión por la pintura, participe durante 12 años en alimentar ese fraude y aguante la explotación que esa mentira suponía para ella. También echo de menos lo que podría haber enseñado -aunque muestre, o más bien sugiera- de los “intríngulis” y triquiñuelas del mundo del arte en el siglo XX, en un momento en el que lo pop, lo kitsch y el acceso de las masas a la cultura -como se ve bien en la peli-, y también el ascenso de la cultura para masas, irrumpen en las galerías y los mercados artísticos y golpean el pedestal del “arte elevado”, para “entendidos” y para minorías. En efecto, los personajes son más bien planos: él sedibuja como un egocéntrico y extrovertido, muchas veces rozando el número circense, manipulador con su palabra de las emociones de su mujer, y de un público avido de historias sensible; y ella como una chica de provincias, excesivamente tímida e ingenua, que confía en su marido de quien está muy enamorada, con poca autoestima y apenas experiencia en el mundo del arte. Es verdad que las razones de Margaret para aguantar y perpetuar el fraude se esbozan cuando en el juicio, ella explica que ha sido el miedo a las amenazas de su marido con “eliminarla” y el convencimiento, machaconamente repetido por su marido, de que “nadie está interesado en el arte de las mujeres”, pero Burton, podría haber profundizado en el personaje de ella mucho más.

Las dos afirmaciones anteriores son muy interesantes y también el director podría haber incidido más: una sería, a priori, de ámbito privado: el miedo y la autonegación, y por supuesto falta de autoestima en una situación de maltrato (y esta claramente lo es), y la otra social: el contexto que hace que esto suceda. ¿Cuánto de verdad hay en la afirmación de que “nadie está interesado en el arte de las mujeres”? Seguramente mucha. Posiblemente, y tal vez los dos lo sabían, la atención mediática a las niñas de ojos grandes no habría sido la misma, al menos en los años 50 y 60 si la pintora hubiese sido una mujer, y tal vez hubiesen pasado como la afición a la pintora de una ama de casa deprimida o aburrida. No lo sabemos, claro, pero otros antecedentes como escandalosa la falta de mújeres en la nómina de la Historia del Arte y la cultura en general, o etiquetas como “arte femenino” o “arte para mujeres” son buenas pruebas.

Al margen de estas críticas, creo que destapar estas historias es un acto de justicia: hacia la propia protagonista, hacia todas las mujeres que han trabajado y trabajan en el anonimáto, a la espalda de “hombres ilustres” cuyos nombres las eclipsan, y hacia la historia de la cultura en general.

La obra de Margaret, sin entrar en su calidad como arte, o situarla en la cultura kitsch o hecha para gustar a las masas, ha sido reseñada o ha tenido influencia en la cultura y el arte del siglo XX, desde el diseño, el cine o la publicidad, un ejemplo es la portada del disco Reality de David Bowie, creada por Rex Ray.

Un comentario el “OJOS GRANDES

  1. Héctor
    mayo 27, 2015

    Grande Eva, grande,no sé si porque David Bowie es mi gran pasión o porque tú eres simplemente genial

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Esta entrada fue publicada en enero 18, 2015 por en Entreculturas, Mujeres y etiquetada con , , , .
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