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LAS HORAS SERENAS

Maria_Lejarraga“Las horas serenas”: así tituló la polifacética escritora María Lejárraga el preámbulo a su libro de memorias Gregorio y yo: medio siglo de colaboración. María Lejárraga es más conocida con el nombre de María Martínez Sierra, pseudónimo que adoptó para firmar su obra literaria, con los apellidos de su marido, el dramaturgo Gregorio Martínez Sierra. Digo conocida, pero, ¿es realmente conocida esta escritora? No, no lo es. Su nombre casi no aparece en los manuales de Historia de Literatura Española, qué decir en los de enseñanza obligatoria o secundaria, pero ni siquiera consta en los programas universitarios de Filología Hispánica. Como suele pasar, su nombre solo suena como mucho en su lugar de nacimiento, o en las antologías o la historia de “la literatura escrita por mujeres”: historia que no es la “oficial”, sino la que está en los márgenes, o más bien a la sombra, de la Historia de la Literatura con mayúsculas, representada casi en su totalidad, claro está, por hombres.

María Martínez Sierra, como ella prefería firmar, fue una mujer polifacética, con una intensa y reconocida actividad literaria, novelista, ensayista, dramaturga, precursora del teatro del arte, escritora de libretos para importantes comopositores de la época, como El amor brujo de Manuel de Falla, conferenciante, ferviente defensora de los derechos de la mujer y activa militante política en el PSOE en el tiempo de la Segunda República, llegando a ser diputada por Granada. Pero hace falta ir a estudios especializados sobre ella y su obra para conocer realmene su aportación a la literatura y a la sociedad española, porque por lo general, lo poco que se señala de ella es que colaboró en coautoría, o escribió ella sola, casi todas las obras que firmó su marido. Este era, por lo visto, un secreto a voces cuando aún vivía Gregorio Martínez Sierra, y sigue siendo, por desgracia, el principal dato que la mayoría de los críticos e historiadores de la literatura española reseñan de ella, más allá de su pensamiento, su actividad, su personalidad y su obra.

De la prolífica obra de la firma Martínez Sierra, solo dos aparecen firmadas por ella cuando aún vivía su esposo: Cuentos breves (1899), La mujer española ante la República (1931); más tarde escribiría: Una mujer por caminos de España (1952), Gregorio y yo (1953) (estos últimas libros de memorias, escritos en el exilio y censurados en España), Viajes de una gota de agua (1954) y Fiesta en el Olimpo (1960). El resto de su producción aparece oculta bajo la firma de Gregorio Martínez Sierra. Son significativas en este sentido dos cosas: la primera es el olvido en el que han caído la figura de esta mujer adelantada a su tiempo y su obra, al margen de exposiciones puntuales como la que organizó la Biblioteca Histórica de Madrid, aunque siempre desde la postura de la colaboración mutua entre el matrimonio; la segunda, igual de triste, es que a pesar de que sus propias cartas y algunas investigaciones (de Alda Blanco, Patricia O’Connor o Antonina Rodrigo) demuestran que la mayoría de las obras fueron realizadas por María, apenas haya habido reconocimiento de su trabajo, y que su nombre se siga citando junto al de Gregorio, incluso, irónicamente, para señalar que posiblemente la autora era ella. Es raro, que a pesar de reconocer ese dato, no sea ella, en lugar de él, quien haya entrado a formar parte de la historia “oficial” de la literatura española. Basta con buscar los nombres de María y Gregorio en la red para ver cómo se hace el reparto de esta “obra común” y cómo, incluso artículos y libros de temática feminista, muchos de los cuales eran frutos de conferencias de la autora, siguen llevando el nombre de Gregorio. Resulta muy curioso leer que uno de los aciertos que la crítica reconoce al escritor es la profundidad de sus retratos femeninos. En efecto, qué feminista y adelantado a su tiempo debió ser este hombre que escribió obras tales como: Feminismo, femineidad, españolismo; Eva Curiosa: libro para mujeres, o La mujer moderna.https://i0.wp.com/www.madrid.es/UnidadesDescentralizadas/Bibliotecas/EspecialesInformativos/BiblioHistorica/Exposiciones/2012/MariaLejarraga/ficheros/Vit4Det2.jpg

Resulta obvio que Maria Lejárraga reunía todos los ingredientes para ser desterrada al olvido durante la dictadura franquista: era exiliada republicana (murió en Buenos Aires en 1974), y era mujer, feminista ferviente además, que en los años treinta fue la primera en España en escribir que el matrimonio era una institución esclavista o defender el derecho de las vírgenes a elegir cómo y cuándo y con quién querían perder su virginidad. En un texto, Todo es uno y lo mismo, firmado por Gregorio Martínez Sierra, escribe lo siguiente:

“En el ejercicio, digo, físico del amor, [no hay] nada inmoral, ni siquiera reprobable, siempre que exista el mutuo acuerdo de los interesados…. Creo que todas las vírgenes del mundo están en su perfectísimo derecho a dejar de serlo cuando les convenga y en compañía de quien mejor les plazca, sin necesidad de leyes ni bendiciones, y sin que la sociedad tenga el menor derecho a intervenir con censuras, ni mucho menos con penalidades. Cada uno es cada uno, dueño absoluto de sí mismo, me parece a mí; la vida es corta y un poco triste por mucho optimismo con que se la intente sobrellevar; bueno estaría que las leyes y opiniones ajenas fueran a impedir al individuo, sea hombre o sea hembra, endulzarla con las dedaditas de miel que sean más de su gusto… Estas, naturalmente, son ideas mías y nadie está obligado a aceptarlas por buenas, pero a mí me parece el colmo de la lógica.”

Resulta difícil de entender que una mujer inteligente y tan adelantada a su tiempo permitiera ser eclipsada bajo la sombra de su compañero, incluso después de que este se separara de ella, a los cinco años de casados, para vivir con su amante, y que no fuese hasta los años cuarenta, tras la muerte de él, cuando ella empezase a reclamar derechos de autoría. Una de las respuestas a esta autoanulación parece ser un amor “casi enfermizo” a su marido; otra, unida a la primera, un contexto social y cultural que no era nada favorable para la mujer, y menos si intentaba meterse a “literata”. Un escritor de la talla de Clarín escribía al respecto que “las literatas, salvadas honrosas excepciones ni siquiera superne son hermosas y desde el moño a los talones parecen caballos o peces”. Si Clarín escribe esto a principios del siglo XX, en los albores del XXI, una vaca sagrada de la crítica literaria, Harold Bloom en El canon occidental, se refiere a la literatura o la crítica feminista como la crítica de los “resentidos”. De hecho, según confesó ella misma, el poco entusiasmo con el que se recibió su primera obra le hizo jurarse que nunca más firmaría nada con su nombre.

Por tanto, si pueden ser comprensibles sus reticencias a firmar con su nombre en la sociedad de principios de siglo XX, o que en el contexto del franquismo su figura y su obra se silenciaran como la de otros y otras tantas exiliadas, lo que no lo es aceptable es que en la democracia, especialmente desde el mundo de las letras, no se le haya rendido la misma atención y “recompensa histórica” que a sus compañeros de exilio masculinos. Será que como escribe Alda Blanco en la Introducción a Gregorio y yo, “no deja de ser significativa la controversia autorial en tanto que muestra la profunda resistencia de los hombres de letras a permitir la entrada de una escritora en ese feudo masculino que ha sido el parnaso literario español.” Es significativo, también, que con excepción de Antonina Rodrigo y algún que otro artículo breve, su figura se haya rescatado e investigado desde universidades norteamericanas.

En las cartas de María a Gregorio, -lo que, a veces, más que hacerle justicia, ha servido a algunos para defender la postura de la colaboración mutua o de la autoría del marido- ella siempre se dirigió a él con inmensa cordialidad y afecto, muy lejos de ese resentimiento que muchos quieren ver en las reivindicaciones de algunas mujeres, y que no es sino pedir el derecho a salir del olvido, y el derecho a existir. Cómo reza el título del preámbulo a sus memorias, ella siempre prefirió recordar las horas serenas. Creo que, a pesar de lo incomprensible que resulta su propia anulación y esa desmedida devoción a un hombre que se aprovechó y participó de este hecho, su ausencia de resentimiento y rencor hacia él y hacia el contexto que le tocó vivir, y su capacidad de enfrentarse a su situación y circunstancias vitales son admirables y engrandecen aún más su figura y su obra.

Por eso este hermoso fragmento, que es una muestra de inteligencia y conciliación con la vida:

“Horas serenas […] porque son las únicas que quiero recordar. Un día, no sé ya en qué jardín del mundo, vi un reloj de sol. Y tenía este lema escrito en latín: “No señalo sino las horas serenas”. Nisi serenas. Siempre ha sido también el lema de mi vida. No voluntario, no elegido. Instintivo, don de la suerte, gracia de Dios. Nisi serenas. Sólo las horas dde serenidad he sabido guardar en la memoria. Quien otras rememora y recuentaes un miserable o un desdichado. ¿Qué guardas, criatura para hacer tu tesoro? El oro puro, el grao limpio. Lo demás, ¡al horno crematorio del olvido! ¿Vas a conservar podredumbre para corromper la existencia? ¿Amarguras rancias para emponzoñar el aire que respiras y te hace vivir? ¿A quién pretendes hacer chantaje preservando el recuerdo de malas acciones? ¿Rencores? Toxinas en la sangre. ¿Para qué? Es decir, que todo lo perdonas. ¿Perdonar? ¿Con qué derecho? El perdonar supone haber juzgado, y qué arrogancia intolerable es esa? ¿Tú juez?! Ni de ti misma!

Además, todo aquel que, aunque sólo haya sido un instante, se ha detenido junto a nosotros nos ha dado algo bueno… ¿Tal vez mucho malo? ¿Y nosotros a él? ¿Qué sabemos?Hasta cuando intentamos favorecerle, hasta si neciamente nos sacrificamos por él. […] Y he llegado a creer: “Herimos sin puñal y ofendemos sin conocimiento”. Y esta certidumbre me sirve para no enconar las propias heridas. […] Dejar correr la sangre, mirar correr la sangre es buen remedio: divierte mirar el agua que surte a borbotones del manantial. El ritmo, el acordado movimiento calman y aquietan…, la pena se duerme, el escozor se templa… Canción de cuna. El alma siempre es niña. ”

http://www.rtve.es/alacarta/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-historia-maria-lejarraga/838011/

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Esta entrada fue publicada en febrero 4, 2015 por en Documentos, Educultura, Mujeres, Un día, un poema y etiquetada con , , , , , .

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